viernes, 2 de enero de 2015

Efraín Rua le mete un gol a la muerte


Por Winston Orrillo

“Eran tiempos de cambio y rebelión. El Perú estaba al borde de la explosión, miles de
campesinos se alzaba por la recuperación de sus tierras y los terratenientes acallaban
las protestas a sangre y fuego. El país había ungido a Belaunde gracias a promesas como
la realización de la reforma agraria y la recuperación de los yacimientos petrolíferos de
La Brea y Pariñas,  en manos de la International Petroleum Company (IPC). Pero  el Congreso,  dominado por la Coalición, saboteaba sus promesas”.
E. R.
El gol de la muerte. La leyenda del Negro Bomba y la tragedia del estadio ( Ruta Pedagógica Editora SAC, Lima, 2014), el esperado texto de Efraín Rúa, ya célebre por su anterior y tremante crónica El crimen de La Cantuta, no  ha defraudado las justas expectativas  que , en él, teníamos.

El volumen es  un paradigma de lo que es una gran crónica, muy bien escrita, y con profusión de detalles –allende los croniqueros que ahora abundan en el cotarro y que creen que hacer una crónica es ponerse a desvariar y a jugar con una extraña mélange (mezcla) entre periodismo y literatura,  y todo deviene en una mélée (mescolanza)digna de mejor causa.
Y lo escribimos porque se asiste como a una cierta sobreabundancia  de textos en prosa que fungen de crónicas, y son todo menos eso.

Los que sabemos algo de teoría de los géneros periodísticos, podemos explicar que una crónica, en principio, informa y debe tener abundancia de uso de fuentes y datos –el libro de Efraín es un buen ejemplo de esto- y su arduo trabajo del periodista profesional se transparenta en el manejo de nombres, fechas, teorías y sobre todo, capacidad de juzgar la situación, el leitmotiv, que impulsa su escrito, implicado, por cierto, el uso de un estilo ameno, y el manejo de la narración que convierte el tema de la crónica en un punto de partida que se va desarrollando escrupulosamente.

El asunto de la presente obra de Efraín es la tragedia del Estadio Nacional acaecida el 24 de mayo de 1964, por la controvertida anulación de un gol –de “Kilo” Lobatón- que hubiera determinado el empate del partido que jugaban las selecciones de Perú y Argentina, en pos de un cupo para los Juegos Olímpicos de Tokio.

Pero la tragedia –unos 320 muertos según cálculos aproximados- es motivo  para que el autor nos dé una panorámica de la situación general del Estado peruano (reléase el epígrafe) y, ergo, la lucha de clases presente como substrátum,  porque las cosas no suceden inopinadamente.

Y, por cierto, al ofrecernos la historia –la vera efigie- del  llamado “Negro Bomba”, Víctor Vásquez Campos, al que muchos culparon, por su intemperancia, de haber desatado la tragedia al haber irrumpido en el campo de juego , botella en mano, para  “sonar” al réferi uruguayo, por haber “anulado” un justo –según su arrebatado punto de vista- gol de la selección peruana: al darnos, Efraín, la triste historia de este lumpen nos hace, asimismo,  una radiografía de muchos pobladores de los barrios populares, en este caso el celebérrimo “Breña”. (“Bomba”, de matón de barrio, guardián de burdeles y fugaz guardaespaldas, concluye su caricatura vital, muy viejo ya, consumido por la droga y con un prontuario por robos menores; y, finalmente,   con una tuberculosis cerebral que  es todo un símbolo de la decadencia de acá y acullá).

El talento narrativo de Rúa aparece en todo momento, y su manejo del suspenso y la capacidad de penetración en la urdimbre de los acontecimientos, es presentada a partir de los protagonistas, muchos de ellos víctimas de las circunstancias. Veamos algunos fragmentos: 

“Allá afuera, en la explanada, los que salen indemnes se enfrentan con los policías, los culpan de la hecatombe, le lanzan lo que tienen a mano  o sostienen peleas cuerpo  a cuerpo. El caos es aprovechado por ladrones que se llevan lo que pueden de las víctimas”.//”Cuando la puerta se rompió, pude ganar la calle. Me sentía casi asfixiado. En ese momento choqué con un guardia, éste me golpeó en la frente. Yo caí al suelo y otro policía me siguió golpeando, yo casi no lo sentía”, relató Gilberto Huambachano , un joven de 21 años, que estaba cerca de allí. Los heridos quedan abandonados a su suerte. Muchos mueren en esos momentos cruciales, mientras la multitud se enfrenta con los policías”

Para muestra, un botón. Y luego Efraín pasa el gran angular a la visión de la más alta instancia del Gobierno, el Presidente:

“Las noticias de la tragedia llegaron a Palacio de Gobierno a través de la televisión y dejaron en estado de conmoción al presidente Belaunde, que esa tarde compartía una sobremesa con un grupo de amigos y correligionarios. El flash de Panamericana lo deja demudado. Esperaba cualquier cosa, menos un reporte que diera cuenta de un luctuoso suceso en un lugar al que la gente acudía para gozar de su deporte preferido.//…El hombre que hacía menos de un año había tomado las riendas del poder, con los deseos de acabar con las injusticias que laceraban el país, se marcha a su despacho a intentar entender una catástrofe que rebasaba su exiguo poder…”

Se comienzan a “echar la pelota”, entre el jefe de la policía y el responsable de la seguridad del Estadio, el entonces comandante De Azambuja. Pero todo lo averigua e intenta esclarecer un implicado en el estudio de los hechos, personaje paradigmático –y por eso finalmente defenestrado de la investigación- el integérrimo juez del Sexto Juzgado de Instrucción, doctor Benjamín Castañeda Pilopais  quien (repárese en el fondo inobjetablemente político de este apartado):

“…estaba convencido de que la orden final para que se arrojen las bombas a las tribunas  era del Ministro, que se encontraba de incógnito en el estadio. Sospechaba de su presencia en el lugar, creía que estaba allí para supervisar el accionar del comandante De Azambuja y de los capitanes Jorge Monje y Francisco Pacora.// Pensaba, además, que detrás de los hilos de la tragedia se escondía un plan represivo  montado por el ministro que ya había dado repetidas muestras de su accionar. Los datos parecían darle la razón: la reciente compra de bombas lacrimógenas  de triple poder, el arrojo de gases a las tribunas populares, las puertas cerradas y la brutal represión que siguió en las calles.// Todo un plan montado para ejemplificar a los que promovían las protestas que se acrecentaban en estos fríos días de mayo y que generaban el temor de los grupos de poder, pues representaban un peligro para el orden de cosas existente. `Todo parece encadenarse como eslabones exprofesamente forjados y obedeciendo a un plan previamente trazado por mentalidades deseosas de lograr un epílogo trágico´, escribió el juez en su informe. También dejó en claro que la represión se cebó en las tribunas populares, pese que en las demás también se produjeron desórdenes”.

Ante esta pulquérrima y valiente opinión, Castañeda (un ejemplo de juez probo, sin propiedades ni estudio propio) no podía durar muchos más. Se declaró “nulo e insubsistente todo lo actuado”. Y la denuncia fiscal pasó a manos de otro juzgado….”y a Castañeda –una rara avis en nuestro muy corrupto Poder Judicial- se le impuso una multa de mil soles `por  graves irregularidades de procedimiento´”.

El ministro, el siniestro Languasco de Habich y los poderes omnímodos “de arriba” una vez más ganaron la partida. Todo esto lo señala con claridad meridiana Efraín Rúa, pues la suya no es una crónica au dessus de la mèlèe (al margen  de la contienda, por encima de la turbamulta –recordemos el conocido artículo de Romain Rolland). Nada que ver. Nuestro autor participa, vive los acontecimientos que son objeto de su crónica, donde lo social es elemento fundamental.  Y al que lo ponga en duda, lo invito a recordar las propias palabras de su sintomático prólogo: 

“Esta crónica también intenta ser un homenaje a las víctimas anónimas de una tragedia que fue consumada con total impunidad porque, pese a lo que se diga, éste era y es un país fracturado, en el que cada quien vale lo que pesan sus bolsillos.// A 50 años de la tragedia es posible imaginar que la indignación de las tribunas populares por el gol anulado, el apaleamiento de los aficionados y el lanzamiento de bombas lacrimógenas tenía raíces hondas en viejos atropellos e injusticias, en el recuerdo de que gente más poderosa  y ajena siempre nos hurtó lo que nos pertenecía.  Con el respaldo de los que guardan el orden en un país que aún tiene muchas deudas que saldar con la mayoría de los peruanos. Mayo de 2014”. (Subrayado nuestro: W.O.)

No hay mucho más, pues,  que añadir. Efraín Rúa, sanmarquino por antonomasia (estudió en su Escuela Académico-Profesional de Comunicación Social, entre 1973 y 1978), ha sido redactor principal en varios órganos de prensa escrita, así como editor político de los diarios Liberación y Referéndum, así como y jefe de la sección internacional del Diario UNO (ex La Primera).

Jorge Rendón Vásquez vivió "Esos días de junio en Arequipa", lírica y audaz


Por Winston Orrillo

“En junio de 1950, una huelga de los alumnos del Colegio Nacional de la Independencia
de Arequipa, provocada por reclamaciones desatendidas a las que fueron empujados por las autoridades docentes, detonó un movimiento de protesta popular en la ciudad que tomó la forma de protestas amadas para resistir la agresión militar dispuesta por la dictadura.”
J.R.V
He aquí un texto perfectamente asimilable a aquello que se denomina “novela verdad” y que, asimismo,   “nuevo periodismo”. (pìenso en Truman Capote., pero, muy especialmente, en Tom Wolfe, Gay Talesse  y, en nuestro idioma, a los imprescindibles Eduardo Galeano, Rodolfo Walsh, y, por  cierto al “Gabo” y sus reportajes, como el del secuestro y  muchos otros.
Esos días de junio en Arequipa. Cuando la historia tocó las puertas de los vecindarios ( Editoriales Grijley  y Sindicato Cerro Verde, 2014), de Jorge Rendón Vásquez, es un breve texto –araña las cien páginas- que constituye la vivisección del movimiento popular de junio de 1950 que, como se lee en el epígrafe, fue desencadenado por una inicial protesta estudiantil.

Lo importante es que el pulso firme de nuestro autor, no solo nos sirve para enterarnos –prima facie- de lo que allí sucediera, sino que, además, su autor desmitifica la “participación”  de grupos oligárquicos y oportunistas, como los politicastros de la Liga Democrática, que pugnaban por profitar  en las elecciones convocadas para el 2 de julo de ese año, y que pretendieran “utilizar” la sana rebeldía juvenil.

Rendón demuestra, palmariamente, que “esos personajes intervinieron de modo superfluo, marginal o para ahogar la resistencia del pueblo”. Por eso es que este  tremante volumen se sitúa

“En la antípoda de esa óptica” , ya que la presente crónica  trata de mostrar cómo surgieron y se desarrollaron aquellos sucesos, y, sobre todo, la participación en ellos de los estudiantes y trabajadores de simpatías marxistas, sus artífices sociales, quienes se entregaron a la lucha con abnegación y valentía, cumpliendo lo que pare ellos era un deber y un reto que la historia les ponía delante”.

La obra está plena de dilucidaciones ideológicas, e implica una toma de conciencia de los jóvenes de aquella época, y en un lugar determinado, Arequipa.

Yo me atrevería a proclamar la necesidad de que los varios miles de jóvenes peruanos, ahora levantiscos por la llamada “Ley Pulpín”, lean estas páginas, donde la reflexión y la toma de conciencia política devienen paradigmáticas.

Un hermano del autor, José Roberto, alumno del Colegio Nacional de la Independencia, fue protagonista directo,  pero Jorge, a la sazón universitario de la San Agustín,  acompaña los acontecimientos –con su presencia y adhesión permanentes, pero, sobre todo, con sus esclarecimientos tan hondamente sintomáticos:

“Por propia reflexión sabíamos que nuestras simpatías ideológicas debían ser correlativas con la defensa de las causas populares, la libertad y la igualdad. Nuestros espíritus fértiles, ávidos y limpios no admitían la conciliación con las conveniencias políticas y, en consecuencia, nos regíamos por el deber autoimpuesto de explicar a cuantos tratáramos  la naturaleza de los hechos sociales según nuestra concepción y de instarlos a comprometerse en la defensa de los trabajadores y de cuantas personas fueran discriminadas  por el color de la piel, su menguada capacidad económica y otros móviles abyectos…”.

Toda una declaración de principios y, la puesta en evidencia de un substrátum ideológico que, aun, se hace más claro en las líneas que siguen: 

“ Yo advertía, además, que la simbiosis de la ideología y la ética se daba en nosotros con la regularidad de una ley socia”l, y que esta ley orientaba también la conducta de los hombres con los cuales me había reunido la noche anterior en el taller de Víctor Linares”.

Y a propósito de estel nombre , uno de los méritos relevantes del libro consiste en el rescate de numerosos héroes anónimos , amén, por cierto, del rescate de nombres conocidos como los hermanos Reynoso –del que algunos solo sabían de la existencia de Oswaldo, el narrador-; pero asimismo fulgen artistas como “Toto”, Teodoro Núñez Ureta (al que todos conocían solo como eximio plástico, pero JRV le cita un poema de excepcional calidad). Otros  son Luis Yáñez, poeta y declamador sublevante,  Eleodoro Vargas Vicuña, Jorge del Prado, Luis –el “cholo”- Nieto. Y figuras locales como Augusto Chávez Bedoya, Francisco Mostajo, Enrique Chirinos Soto; y esperpénticos personajes como Luis Alvarado Garrido. 

Jorge Rendón narra la epopeya  de su pueblo con pluma firme y desmitificadora,  en una prosa que dice mucho más que lo que aparece en ella de retórica. Por eso son raras estancias como ésta en interior de la Facultad de Letras agustiniana; “…había un patio rodeado de portales, con una pileta de piedra en la que el agua, cristalina y juguetona, parecía entretenerse declamando odas y madrigales.” Toda una rara avis. (Subrayado nuestro).
Este  breve libro se lee rápidamente por la magia del estilo del autor, y por ese llevarnos de la mano hasta el centro de la mera acción:

“En la Plaza de Armas, numerosas personas seguían concentrándose al amparo de las barricadas levantadas en las esquinas, como si quisiesen participar en el envite, asustando al miedo  como a un chico malcriado” (Subrayado nuestro para relevar las incrustaciones de estilo poético del narrador).

Todo transparente, todo relatado  con tal maestría que nos permite llegar a la conclusión a la que nos conduce el propio autor, y que es menester citarla: 

“La revuelta popular de Arequipa de esos días de junio fue la respuesta, altiva, digna e inmediata del pueblo a la arbitrariedad y al abuso, aun sabiendo que no podrían derrotar a las fuerzas armadas con algo más de treinta fusiles, unas pocas carabinas y algunos fusiles ametralladoras arrebatados a los soldados e incautados en el Casino Militar y el Club Internacional de Tiro. Mucho hicieron aquellos héroes civiles que salieron a las calles solo con sus manos y la convicción de que no se humillarían ni arredrarían ante la fuerza y el menosprecio, sin importarles que fuera a costa de su sangre y de su vida, y, sin proponérselo tal vez, sembraron en la conciencia colectiva semillas frescas y perdurables de coraje popular.”(Subrayado nuestro).

Por eso, digno colofón, es el cuarteto del gran pintor y poeta “Toto” Núñez Ureta: “Nadie muere jamás, se va sembrando;/ se va haciendo caminos, sueños, iras,/ escondidas reservas de esperanzas; / acumulada fuerza de la especie”.

En fin, éste es uno de esos libros de lectura imprescindible (ojo a los cofrades del manipulado “Plan Lector”), donde, nuevamente, tenemos que invocar a Horacio y su utile dulci: lo dulce con lo útil: una obra que nos enseña (utile) pero que nos deleita, por lo bien escrita que está (dulci).

Profesor Emérito de San Marcos, Jorge Rendón Vásquez (Arequipa 1931), el autor, tiene cuentos y novelas, publicadas en los últimos diez años, cuando da rienda suelta a su contenida vocación de creador literario, él que es una autoridad en el orden jurídico en nuestro desconcertado país: abogado por la Universidad de Buenos Aires, Doctor (de los de a verdad) por la Cuatricentenaria UNMSM y Docteur en Droit por la Universidad de París (La Sorbonne, por si fuera poco).

viernes, 19 de diciembre de 2014

Gabriel Niezen Matos: Una novela para escapar de la jaula


Por Winston Orrillo

“No soy muy creyente que digamos y más bien ando resentido con Dios porque no me
Ha hecho a su imagen y semejanza. A él se le ve tan bonito en las estampitas y en  los
Cuadros del corazón de Jesús y a mí tan maltrecho. Si en algo puedo compararme
Con Dios, para ser recíproco en lo de su imagen y semejanza, es en el sufrimiento”….

“Eres inteligente y normal, ¿acaso eres anormal? Tienes pequeños errores de diseño,
Nada más…”

GNM


SI hay algo que destacamos en los epígrafes de  “El hombre que escapó de su jaula”, la nueva novela de Gabriel Niezen Matos (RUBICAN EDITORES, Lima, 2014) es la sencillez coloquial del lenguaje y el manejo de una suave ironía, que nimba aun las estancias más dilaceradas de esta obra: la historia y vicisitudes de Carlos José, un hombre que sufre una severa escoliosis, lo que nos permite entender que es su cuerpo, en realidad, su cárcel, su jaula, de donde tiene que huir y/o vencer para adaptarse y/o poner de rodillas a un mundo despiadado y muy difícil, que finalmente, nuestro protagonista conquista merced a una voluntad de hierro y al desarrollo de las ideas de su admirable padrino, quien cumple el papel de motivador y consejero permanente en todas las adversas circunstancias –son muchas-  que, obviamente, se le presentan y no lo doblegan.

Estamos totalmente de acuerdo con María Lourdes Cortés quien, desde la Patria de Baudelaire, destaca la importancia de la narrativa de GNM que, en efecto, se lee “de un tirón” (la experiencia nuestra lo confirma: prácticamente el sábado 13 de diciembre de 2014 fue, todo él, ocupado en la decodificación de este texto, que bordea las 200 páginas).

Igualmente, subscribimos los adjetivos “amena y divertida”, para la obra de Gabriel, así como el juicio de Iván Ruiz Ayala, quien subraya la “naturalidad y alegría” de la obra de nuestro autor, quien, efecto, en ésta y sus otras novelas, hace uso constante de “frases y giros locales pertenecientes al habla popular” y, por cierto que los modismos  “le dan sabor de época, pero al mismo tiempo acercan la historia al lector…”

Como ejemplo de lo glosado, veamos, ahora, el uso del coloquialismo y, al mismo tiempo, el empleo de un constante lenguaje figurado –lo que nos recuerda que Niezen, asimismo, ha incursionado en el campo de la poiesis (el anuncio de la solapa nos hace saber que él “Tiene culminadas una obra teatral, un libro de poemas y una novela que están en etapa de revisión”).

Leamos, pues, una muestra de su lenguaje conversacional, analógico y de su cautivante humor:

“Loti apareció un viernes por la casa con empanadas, chocolates y una garrafa de vino. Recordé que los tragos desinhibieron a Mariana, que era más impenetrable que ella y se comportó como si se le hubieran soltado las neuronas. Tuve la seguridad de alcanzar mi tercer debut, ya que el primero fue escabroso: una encerrona con dos mujeres que me utilizaron para reafirmarse  la una con la otra y que me usaron como trapito de anticuchera. La segunda, una mujer indescifrable. Y, ahora, Loti.// Como una de mis normas es no mezclar sexo con comida, Loti comió dos empanadas…./ Toda la tarde escuché la cantaleta de que en su vida solo tuvo un hombre y que lo había querido al desgraciado, como letra de bolero cantinero…” (Subrayado nuestro: W.O.)

Carlos José, luego de una primera parte –de suyo interesante y conmovedora porque narra su estancia en el conocido Hospital San Juan de Dios- ingresa a esa afirmación de la vida que se da en el amor, especialmente en su ladera inexcusable: el sexo.

Aquí GNM despliega la panoplia de su buena prosa poética (siempre adobada con el humor que lo caracteriza) y de la encendida presencia del goce carnal. Veamos una descripción de Viviana, la tempestuosa mujer que viene en busca de él, luego de un breve –y actualísimo- romance por la internet.

“La contemplé ataviada, sentada, con las piernas juntas, entreabriendo un hilillo, que me permitía atisbar las soberbias rodillas, redondas, su piel de ciruela, el delicado borde de unos pechos que solo se insinuaban.// La miré como lobo pero con expresión de caperucita. Ese truco siempre me dio resultado, porque así las mujeres no se percataban de mi codicia. Me dijo: /-Apaga la luz y ven.// La alfombra de pellejo en que caímos se convirtió en una hoguera. Ella ordenaba, yo obedecía.// -Esta noche, Carlos José, me cumples.// Soltó el cuerpo como si hubiera salido de una represión de siglos. Me sacudió la humanidad. Hoy debía dejar el último suspiro. Poquito a poco fui respondiendo, recorriéndole los caminos, los recovecos ignotos y, de pronto ella, fierecilla, empezó a ser dominada, asaltada, nuez partida, tomate reventado, sandía desmenuzada y  lanzó unos gritos que recorrieron el edificio como música de feria” (Subrayado nuestro).

En fin, para decirlo con pocas palabas, un libro, una novela –creo- la mejor de Gabriel, porque, en ésta, ha llegado a la plenitud de su arte narrativo, gracias a una simbiosis entre humor, coloquialismo, poesía  y cabal penetración en la vida de un personaje –Carlos José- que, en efecto, escapa, gracias a su personalidad sui generis, de la “jaula” a la que su limitación física lo habría confinado.

Pero culminemos este fragmento de la novela con la inefable y volcánica presencia de la singular Viviana (texto que, sin embargo, no deja nunca de estar acompañado por la poesía de la expresión de GNM):

“-Déjame gritar, no me reprimas!// Otra vez empezó dale que dale, dale que dale, hasta que alcanzamos un movimiento acompasado, como cuando las olas del mar picado revientan en la orilla. Entre tanta exuberancia, mis piernas delgadas reposaban cual palitos de anticucho”. (Subrayado nuestro).

Cabal manejo de una prosa idónea para lo que quiere decirnos, Gabriel Niezen Matos pasea a su singular personaje –ciertamente original en la narrativa peruana- desde su referida estancia hospitalaria, la vida de estudiante, el viaje a Europa y, sobre todo, el contacto con  una heteróclita antología de mujeres a cual más fosforescente.

Este libro se lee no solo de un tirón, sino que nos deja un sabor, una demanda para continuar con la incursión en mundos como aquel que narra nuestro autor, y que -no obstante, en apariencia,  ser comunes- por su élan poético y por el manejo de un estilo polisémico, nos hacen plenamente partícipes de su realidad  y sus estancias muy especiales y permanentemente atractivas.

Gabriel Niezen Matos tiene más de media docena de exitosas novelas publicadas; es Doctor en Educación y Máster en Psicología de la Familia y la Pareja; así como Licenciado en Educación y Periodismo. Dicta cátedras en las Universidades San Martín de Porres y San Ignacio de Loyola. Fue el Primer Director elegido en la Escuela Académico Profesional de Comunicación Social de San Marcos y Coordinador de su Posgrado. Ha viajado por el mundo entero en misiones culturales y ha sido Jurado Internacional en el Concurso Nacional de Literatura “Ricardo Miró”, de Panamá. Ejerce el periodismo y dicta conferencias y cursos de su especialidad en numerosas instituciones del Perú y el extranjero. 

Perú. Dimas Arrieta tiene corazón de viento


Por Winston Orrillo 


“La luz de la amistad crece como la luna/ La noche lagrimea con el rocío/
Mi madre tierra, mi amor la lluvia./ Huayrasuncu, huayrasuncu,/
(Corazón de viento, Corazón de viento)/La luna vomitando esta locura/
Babea rabias de tiempos viejos/ Habla de aguas sucias…/
Tú, generosa luz. Yo, fuego inapagable../
Te declaro amigo de las estrellas,/
Hermano y amigo de todos nosotros…”

¿Alguien puede poner en duda que se trata de algo escrito por un poeta? En efecto, “Corazón de viento”,(Editorial ARSAM, 2014) la nueva novela de Dimas Arrieta (Piura, Huancabamba, El Faique, 1964) es una vasta obra narrativa –más de 300 páginas- en la que fulge un mundo mágico-religioso, pleno de poesía y de misterio que, detrás de la historia de don Manuel Eugenio Ramírez Noblecilla, patriarca paradigmático de aquellas tierras, desenvuelve una reflexión sobre el destino de una cultura, de un modo de ser, evidentemente mellado por la llegada del “conquistador”.

La temática se desenvuelve en un pleno realismo, pero dentro de lo denominado real-maravilloso, que no le impide a MERN formar una familia ejemplar, con una pareja varios quinquenios menor que él, pero después de haber dejado una serie de hijos en un –le llamaríamos- “primer tiempo”, que incluye, por lo demás, quince vástagos procreados en una estación vital, que atraviesa en el fantástico universo de las Capullanas.

Cosme Chinguel –apellido de notable actualidad en los días que corren- es un viejo cacique vernáculo que le arrienda a nuestro protagonista,  unas tierras que van a ser la base de su futura propiedad, pero todo dentro de un universo de profundo respeto tanto por él como por el Taytay, un jefe indígena dotado de poderes adivinatorios y cuya capacidad de ver el “futuro” es constantemente invocada.

A don Manuel Eugenio le llaman, precisamente, Huayrasuncu –“Corazón de viento”- con una suerte de respeto y admiración por sus cualidades humanas, ciertamente distintas y distantes de la retahíla de hacendados ambiciosos que medraban en los alrededores, en aquel anfractuoso tiempo.

He aquí un ejemplo de uno de los más intensos –e interesantes- discursos de Cosme Chinguel. Empieza hablando el protagonista:

“Con su mano izquierda me tomó la mano derecha y como siempre empezó a llamarme Huayrasuncu, una y varias veces. Me decía que siempre estoy cuando él me llama, aparezco cuando es necesario refrescar con mi presencia. Así es el viento, lo llaman para airear las cosechas y él llega. Y empezó a silbar con unos silbos finísimos y me decía que así él llamaba al viento.//En eso todos vimos que un viento soplaba por las afueras de la casa, movía los techos, bandereaba los árboles. Cosme, desde su posición, echado en su cama, decía una y otra vez: ahí estás y aquí estás, Hauayrasuncu, hermano, Huayrasuncu, merecedor de los grandes cariños… y empezó con la prédica de sus deseos mi amigo Cosme: - Sabrán cumplir estos deseos, tanto los hijos míos, como los de mi amigo Huayrasuncu, pues ustedes sabrán negociar las tierras que hoy ya son de mi amigo Huayrasuncu, porque así yo quiero decirle, porque así me lo dijo el Taytay que lo llamara. Las tierras hoy son de tus hijos y tuyas, hermano Huayrasuncu. Mis hijos firmarán las escrituras más adelante… Qué se viene y qué se vendrá, Huaurasuncu. No lo sabemos ¿ o sí? Los cerros caminan, los cerros amparan, los cerros hablan entre ellos, Huayrasuncu. Yo seré un cerro, tú serás un cerro, Huayrasuncu. Ya viene la hora, ya entra la muerte. Ya viene llorando, se vienen enfriando mis piernas, mi cuerpo se adormece, mis brazos ya no responden; ya no siento las manos, Huayrasuncu. Mi lengua empieza a adormecerse, ya me voy, ya me fui, a-di-ooss.”

Y, como éste, hay varios capítulos en los que medra la poesía en el relato. Pero, asimismo, se halla lo que, según Horacio, sería lo utile dulci: lo útil con lo dulce, lo provechoso con lo agradable, porque uno aprende a la vez que se deleita con las páginas de Dimas Arrieta.

Veamos, pues.

“..les pidió que hicieran llamar a los descendientes del Taytay. Quería verlos y preguntarles sobre los significados de estos símbolos o figuras casi geométricas. Pero él les llamó textos, parecidos a un escrito occidental. (Se refiere a lo que aparecían en una suerte de mantas “pununas”- que aquél le regalara). // Son espacios textuales –decía el viejo- tienen otras formas  y otros sentidos para apropiarnos de sus mensajes y significados…..// Tarde reparó en eso, dijo que lo primero que él tenía que haber hecho es aprender a leer este tipo de soportes textuales. Llegó a la conclusión de que era como entender esta inmensa cultura que recién él se dio cuenta que estaba iniciando un descubrimiento.// Qué fácil, se dijo el viejo, hubiera sido el haber conocido esta interioridad, no hubiera existido violación a sus modos de vida ni distanciamiento de su cultura. ¿Dónde está la barbarie y lo salvaje? ¿Civilización es negarle a otro su existencia? ¿De qué mundo tan perverso y ególatra venimos y nos hemos formado? ¿Por qué tenemos esta idea de descubrimiento cuando solo se ha conquistado?”

Creo que el presente  es el centro de esta excelente novela, que, por cierto abunda en capítulos narrativos que son una delicia, y que explican la formación de Manuel Eugenio, bajo la égida de su adorado tío Teodoro, quien le legara un substrato ideológico tendente a la defensa de la libertad, la justicia y la igualdad entre todos los hombres, máxime en una época –la novela se desenvuelve en las primeras décadas de 1800- en la que medraban la esclavitud y la servidumbre.

La obra está atravesada por las premoniciones, no siempre promisorias del Taitay, las que se hallan, precisamente en las referidas pununas que, tarde, Manuel Eugenio se dio cuenta que debería haber intentado decodificar. Por ello la tragedia, la traición adobadas al lado de la codicia y numerosas intrigas, conforman la trama de esta novela, cuyo epicentro se sitúa en la no siempre apacible hacienda Palambla, fundada, a puro pulso por el protagonista y que deviene en el centro de su mundo y desde la que se irradia los buenos aires que son característica del personaje principal de este relato destinado –a juicio del suscrito- a ser uno de los paradigmáticos de la nueva narrativa peruana.

Culto y pago munificente a su lar nativo, Dimas Arrieta nos entrega un corpus narrativo que está destinado a perdurar.

Porque perdurables son estas palabras que el autor pone en boca de su personaje principal y que, sin duda, no podemos dejar de compartir:

“El viejo mascaba en su silencio estas interrogantes, estos hallazgos sobre todo al mirar sus viejas pununas. ¿Cuánto conocimiento se ha perdido?, se decía una y tantas veces; ¿qué distancia tan brutal nos ha separado en un mismo espacio? ¿Qué mundos tan lejanos dentro de uno solo? ¿Cuánto cuesta una reparación espiritual y cultural? ¿Cómo podemos entendernos si negamos sus existencias?  ¿Cómo podemos vivir bajo estos espacios, si no convivimos con sus costumbres, con sus tradiciones? ¿Cómo podemos ser felices si nos negamos a nosotros mismos, excluyendo a los demás?”

Es entonces que Andrea le dijo a Clarita, la esposa, que el viejo Manuel Eugenio estaba “desvariando”, pero ella, que lo conocía muy bien, respondió que

“se callará, que no hablará eso, que más bien su marido había llegado a tener una sabiduría tomando en cuenta las informaciones que le habían dado sus viejos amigos. –Es un hombre completo –le dijo a la nuera- con todos los atributos, encima es sabio”.

El arribo a la sabiduría del protagonista es el punto cenital de esta novela, que se inscribe en las preseas de la narrativa peruana contemporánea.

Su autor, Dimas Arrieta,  es un lirida en ejercicio que, al arribar a los cincuenta años –nació en 1964- ha publicado cinco estimables  poemarios y, en prosa, Camino a las Huaringas, El reino de los guayacundos y El Jardín de los encantos, parte de una trilogía de novelas dedicadas a las artes ocultas del Ande piurano. Recientemente, asimismo, lanzó Los fantasmas del Estadio Nacional, pequeña narrativa dedicada al horror vivido en el coloso José Díaz, en 1964. Es licenciado en Educación y ejerce la docencia en la Facultad de Humanidades de la Universidad Federico Villarreal, cuyo Departamento Editorial comanda; y, además, con artículos de crítica literaria colabora en diferentes diarios y revistas del Perú y el extranjero. En su haber, asimismo, figuran varios destacados premios literarios.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Tomás Borge: Comandante sandinista de la poesía


Por Winston Orrillo

 “empuñar los poemas como si fueran fusiles
          y los fusiles como si fueran poemas”
T.B.


Estamos con el bellísimo libro de Tomás Borge (1930-2012), Poesía clandestina reunida, ofrenda editorial de su esposa, la también escritora, cantautora y actual embajadora de la Patria de Sandino entre nosotros, Marcela  Pérez Silva. 

El volumen, con elegante tapa dura, ha sido diseñado, en su atractiva carátula,  por Lucía Arellano, a base de un Retrato del Comandante TB, obra de nuestra inolvidable Etna Velarde.
Y para los que han sido impactados por el guerrero y soberbio –y pugnaz—epígrafe,  les mostramos la otra cara de la medalla: la muy intensa poesía amorosa de nuestro combatiente invencible. 

He aquí el Epigrama I, dedicado, precisamente, a Marcela:  Este es un asalto/ tu amor/ o la vida”. Y el muy completo retrato de la Editora y esposa (me resisto a poner la palabreja “viuda”) :

“En la garganta un pájaro/ En el corazón un ángel/ En las manos serpientes/ prófugas de un manantial azul/ En el vientre el milagro de los panes/ En tu sexo la pequeña muerte/ La vida eterna”.

El poeta y cada vez más reconocido como perspicuo crítico, Marco Martos, señala que, la de Borge es “poesía de las esencias, de lo natural de la vida, pequeños fogonazos líricos hechos en medio de combates, de tareas de construcción, siempre marcados por la presencia del amor a la mujer, a la patria y a la revolución”.

Porque nuestro autor, podríamos decirlo, en una mano –no  sé si la derecha o la izquierda- llevaba el arma levantada contra el Establishment y, en la otra, la pluma integérrima del poeta que necesitaba dar testimonio de cómo era imposible desligar, desvincular la lucha por la felicidad del hombre, por la primacía de la justicia, por el fin de la dictadura genocida –en su caso Somoza, esa bestia apocalíptica que gobernó, con su familia de porquerizo, luego de consumar el asesinato del General de Hombres Libres, Augusto César Sandino. 

No hay, pues, divortium acuárum entre poesía, amor por la belleza de la palabra y culto a la vida y a la pasión humana, y permanente combate por el logro de las aspiraciones más entrañables de nuestros hermanos; entre las cuales, qué duda cabe, están la libertad, la justicia, la autodeterminación; y ahora, más que nunca, la defensa de la propia vida del planeta, amenazada por las desaforadas apetencias de un siniestro neoliberalismo que, para empezar, no le importa hacerse el harakiri, con tal de satisfacer sus mirajes de riqueza profundamente destructora.

Una de las insustituibles virtudes del volumen es entregarnos, de cuerpo entero, la imagen de ese combatiente mítico y medio legendario en que se había convertido el comandante sandinista, fundador del Frente Sandinista de Liberación Nacional, en 1961, con el inolvidable Carlos Fonseca Amador; y quien participara en todas las batallas importantes de la Revolución contra la dictadura, hasta que, en 1967, es nombrado Comandante de la Revolución.

Triunfante ya su lucha, ocupa el difícil cargo de Ministro del Interior (1979-1990) y es elegido Diputado al Parlamento Centroamericano, así como a la Asamblea Nacional de Nicaragua durante cuatro periodos consecutivos. Fue Presidente del Congreso y Vicesecretario General del FSLN, y participó, igualmente, en la fundación del Foro de Sao Paulo.

Poeta, orador cautivante, escritor y periodista, su libro La Paciente Impaciencia ganó el Premio Casa de las Américas, en 1989, y otra de sus obras fundamentales es Un grano de maíz. Conversación con Fidel Castro (1992); y entre otros, sus poemarios, La ceremonia esperada (1990) y A la sombra de un grano de sal (2009). Sus libros han sido traducidos al inglés, francés, alemán, italiano, portugués, sueco, holandés, griego, árabe, checo, ruso, ucraniano, chino y japonés.

Ha recibido numerosas condecoraciones, entre las que destacan la Orden Augusto C. Sandino; la Orden al Mérito Latinoamericano, y la Orden del Sol del Perú, en el Grado de Gran Cruz, de la República del Perú, así como numerosos doctorados honorarios de diferentes universidades de Nuestra América.

Hasta el momento de su lamentable deceso, ocurrido el 30 de abril de 2012, se desempeñó como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Nicaragua ante las Repúblicas del Perú, Ecuador Bolivia y Paraguay.

No obstante su dilatado currículum, si había algo que caracterizara a Tomás Borge, fue su sencillez y sentido del humor, su saber dónde es el límite de la grandeza humana: en el pueblo.

Por ello es paradigmático ingresar a su poema “Confesiones”, del que tomamos algunas estrofas que nos permitan encontrar el angular preciso para que nuestros lectores  sitúen al gran poeta y hombre relevante (por revolucionario) que es  Tomás Borge.

Leámoslo: “Detesto los cocteles/ las condecoraciones/ los museos de cera/ y las novelas de final atroz//Odio a los traidores/ como se odia/ el infierno/ las cadenas/ las banderas arrodilladas// Soy terco/ sentimental/ ingenuo/ desconfiado//…Me gusta el crepúsculo/ el crucifijo en la yema de los dedos/ las orejas de mis hijos, el galope de una lágrima// También las siamesas de miel/ en tus ojos…//Prefiero las metáforas/ imperfectas y locas/ las ecuaciones eróticas/ las pinturas intensas/ aunque al pie de los colores/ la firma sea desconocida…//El peligro –no se tiene idea de/ cuánto me gusta el peligro-/ La desolación de los ídolos…// Amo a los niños/ a los venados/ Amo la exactitud/ de la imperfección// Y el gobierno de los resucitados/ Y a los cachorros sonrientes/ Y a las mujeres que he amado// Si mis amigos me quieren/ pido/ me cautericen lunares/ y me estrechen la mano”.

Éste es, pues, nuestro poeta, allende el paramento oficial que su alto cargo le diera (ganado a pulso de sangre y fuego, por otra parte).

De este modo, para concluir con las caracterizaciones que él hiciera de sí mismo, nos parece congruente, la cita del siguiente poema: “Expediente”, algunos de cuyos  versos nos permiten esta tarea ímproba del adentramiento en el poeta y combatiente revolucionario sandinista, que el Perú tuvo la honra que fuera embajador de su país:

“Soy un monolito/ En mí solo cabe/ la exactitud de la piedra// Soy un insólito/ pequeñísimo detalle/ del universo…// Soy un bosque redondo/ como la misma historia/ del fuego// Soy un monolito/ tuyo/ de todos”

Pero fue un monolito enamorado, qué duda cabe, y, por ello, entre la multitud de poemas líricos, se nos hace difícil hallar los paradigmáticos. Veamos, sin embargo, verbi gratia:
”Tus ojos”: “Me vencieron tus ojos/ Son venados/ que corren en un túnel/ hasta la meta// Donde bastan los días/ las abejas/el flujo y el reflujo/ los estremecimientos// Donde basta la luz/ retenida/ en una gota de miel/ para vivir.”

O en “La más tenue señal” en la que, en sápida amalgama, sabe trabajar el tema del amor, de la sencillez y el culto a la naturaleza, con la irrefragable militancia: 

“Dame la más tenue señal/ un rasguño/ un café con leche/ el indicio de una semilla// Dame la más tenue señal/ un huevo de codorniz, una cuchara/ un rictus/ unos ojos sin neblina// Dame la más tenue señal/ un sorbo de agua/ escalada/ un ramillete de aceros/ un caracol…// Solo la más tenue señal/ despertará mi olfato/ de perro amaestrado/ y me encontrará alerta/  como un centinela//Solo la más tenue señal, me hará vivir, auténtico como la cruz/ como la hoz/ como el martillo”.

Uno de los temas, casi un leitmotiv, es el referente al entrañable amor por su familia, los poemas dedicados a sus hijos, que son de antología, y el tópico de la anticipación de que –como en todo poeta de su raigambre- se repite innúmeras veces, como en “Premonición” “Moriré ayer/ Hoy no tengo tiempo”; y en un texto tempranísimo, “Epílogo”, de 1969, que concluye espléndidamente con: “¿Mi vida?/ Llevé la muerte/ en el bolsillo/ y nunca tengo miedo de fallar/ en  lo negro del blanco” (Amén de muchísimos más que no podemos, obviamente citar por problemas de espacio).

El poemario podría, muy bien, resumirse con las palabras del querido Comandante Daniel Ortega, Presidente de Nicaragua Sandinista, quien, con ático estilo, arranca su presentación del gran poeta y combatiente revolucionario del que nos hemos ocupado hoy: 

“Aquí está Tomás,/ es decir,  Nicaragua-.”

La literatura de Nuestra América tiene una deuda impagable con Marcela Pérez Silva, autora de la recopilación de los textos del comandante sandinista y artista integérrimo que es Tomás Borge. 

En el libro que tenemos entre manos --y que, por cierto debemos leer, no una sino muchas veces-- hay cuatro secciones, que reúnen sus creaciones: la primera, de 1969 a 1970, textos escritos en el exilio; la segunda, de 1972 al 78, aquellos trabajados en las difíciles, dramáticas circunstancias de la prisión, durante la lucha para el derrocamiento de la satrapía de los Somoza; la tercera, 1985 a 1980, cantos en pleno triunfo y consolidación del gobierno sandinista; y 1990 al 2012, los que corresponden a la época que viviera la autora –y musa- de esta recopilación con el querido comandante Tomás Borge, sobre quien, afirmamos, será necesaria una cabal exégesis, para realmente aprehender los mensajes y legados que nos dejara su hasta ahora no muy conocida, pero inexhaustible obra poética.

Entre los mejores estudios, actuales, sobre la poética de TBM están los textos de César Lévano y Arturo Corcuera, amén, por cierto, del lúcido, esclarecedor prólogo de Marco Martos, ex Presidente de la Academia Peruana  de la Lengua.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Gladys Basagoitia Dazza: Un océano de poesía luminosa


Por Winston Orrillo

Poesía/ mi más auténtica/ vocación// letra más letra/
           sílaba más sílaba/ gotas que se vuelven/ un río resplandeciente//
de la intuición a la perseverancia/ oir el reclamo   la emoción/
           las palabras que agujerean/ las duras paredes de la realidad
G.B.D.

El epígrafe que hemos usado para encabezar nuestro comentario a Océano de luz, reciente poemario –edición bilingüe italiano, español-- de Gladys Basagoitia Dazza nos conduce, precisamente, a uno de los ángulos en los que su libro es feraz: el de la búsqueda o prosecución apremiante de una poética, del camino que nos conduce hacia la esencia del poetizar.

Porque, en fin, de lo que se trata es que la poeta busca aprehender ese misterio –ciertamente insoluble- del origen, de la gestación de la palabra lírica.

Veamos cómo esto se repite, verbi gratia, en el siguiente texto: “Con tus ojos poesía”: con tus ojos lo invisible/ se vuelve indubitable/ un aliento/ de grandísima esperanza// ilimitadas extensiones interiores/ vencen/ al limitadísimo cotidiano/ y es urgente/ ineluctable/ iniciar el arriesgado viaje// humildemente/ me sumerjo en el misterio/ para tratar de captar/ los sutiles mensajes/ del grande juego de la vida.

Es ella, pues, la Poesía –e intencionalmente la ponemos con mayúscula- la que, como una Beatriz de Dante, la conduce –lo dice explícitamente- a través del “arriesgado viaje” que pretende llegar allende nuestras naturales limitaciones, a develar, en definitiva, “el misterio…del grande juego de la vida”.

Pero esto no es un mero decir, porque la autenticidad de esta poética la hallamos cuando la autora lo dice, explícitamente, en “Vivir el poema”: me pierdo en el dolor  y/ no sé cómo me reencuentro/ consciente de mi atroz fragilidad// recorro el enigma sin descifrarlo/ vivo el poema antes de escribirlo// ciega/ me entrego a  la luz/ subo/ pero no sé si llegaré a la cima.

Nos encontramos, pues, en lo que sería el non plus ultra de la autenticidad, cuando la autora sabe –y lo dice, lo escribe- que es la Poesía su precisa, perentoria guía, pero, a la vez, nos expresa sus dudas –existenciales- acerca que si ella será, en efecto, por su “atroz fragilidad” capaz de llegar “a la cima”. Pero, en el fondo, esto no importa: lo que sí valoramos, en demasía, es que la autora nos comunica, explícitamente, que vive “el poema antes de escribirlo”, lo que nos lleva, sin duda ninguna, a que, en este libro, la autora nos ha permitido –nos permite- aprehender la esencia de su trabajo creativo; de su persecución de la obra de arte de la palabra.

Otro elemento que no podemos preterir, es el que reconocemos en el primer verso de este poema, cuando la poeta escribe: “me pierdo en el dolor”, lo que nos conduce a las palabras prologales del gran crítico Antonio Melis quien subraya  la presencia de la palabra “luz y de otros términos que pertenecen al mismo campo semántico (sol, reluce, aurora, auroral, radiosa, resplandeciente, luminoso, etc.)”

Sin embargo, y aquí está la clave: “Pero se trata de una luz que nace, paradójicamente, de la sombra., a través de una continua dialéctica de los opuestos.”

Pues “Solo la experiencia profunda del dolor, en efecto, permite gozar con plenitud la realidad recuperada después del eclipse. `Merecer la aurora´es el título significativo de un poema, que subraya el papel activo del sujeto y nos lleva a evocar también la presencia insistente del alba en la cultura peruana del siglo XX: desde el conocido ensayo sobre El alma matinal de José Carlos Mariátegui, hasta el libro `surrealista´ Descubrimiento del alba, de Xavier Abril.”

Lo enunciado por el gran ensayista Melis, nos lleva a transcribir, precisamente, “Merecer la aurora”, poema donde se halla un leitmotiv presente en muchos de los más relevantes textos de este libro singular, publicado por Fara Editore.

Dice aquél: obligada por mi cuerpo/ vivo al día/ sin añoranzas ni lamentos/ tratando que lo torcido/ se vuelva derecho/ espero la luz segura prosigo/ lo sé bien que debo resistir/ y entregarme al sueño/ para merecer la aurora.

El volumen, por momentos, deviene en una suerte de texto que, simple pero por eso mismo grandemente, nos ayuda a vivir. Y su autora “carpa dorada” y, por momentos, “loba desgarrada”, nos ha donado, en verdad, como su propio nombre lo indica, un Océano de luz que nos permite subsistir en medio de las vicisitudes de un mundo que no hemos escogido pero que tenemos que soportar, y trascender.

Lirida paradigmática, con versos como silente infinitesimal la voz del corazón o  en lo profundo del océano te encuentro/ en el precioso índigo…Gladys Basagoitia Dazza ha logrado una madurez espléndida en este libro que, como otros de los suyos, se ha hecho acreedor a numerosos premios internacionales.

Ella es peruana, de profesión bióloga y reside en Perugia, Italia, desde hace varios años. Ha traducido poesía del italiano al español y viceversa. Y viene publicando poemarios desde 1969, así como también narrativa. En el 2005, en Perugia,  editó y tradujo Carta de Música (Centro Documentazione  “Donne del mondo”) con poemas de Rosina Valcárcel, Gloria Mendoza Borda y Ana Berta Vizcarra.

martes, 11 de noviembre de 2014

Rosina Valcárcel reúne su intensa poesía (1966-2013)


“La luna/ es negra/ como el amor/ y el amor/ como la mujer
            una simple/ palmada de mano”
R.V.
Por Winston Orrillo


La intensa obra creativa de Rosina Valcárcel, que hallamos en Poesía reunida (1966-2013) –Fondo Editorial de Cultura Peruana, Lima, 2014- ciertamente nos desconcierta porque, sápida, sabiamente, sabe combinar el poema breve, como el que hemos citado en el epígrafe, y este otro, bellísimo: “Odette”: en invierno/ duerme en una guitarra; o “Sobrevivir”: 

Cómo sobrevivir a la blasfemia de tus bellos ojos desplomados, con extensas obras maestras, como el poema que dedica a su padre (hay varios) pero me quedo con “Mi padre un círculo rojo”: donde hay versos tan imborrables como aquellos en los que recuerda su deceso: Hoy no puedes partir es Primero de Mayo, Día del Proletariado, natalicio de mamá y mi cumpleaños./ A las pocas horas resucita el elefante herido  y pregunta: -`¿Aún es 1º de Mayo? Vengan pronto ´y nos abraza/ Entre rosas rojas, llantos, suspiros/ Al recuperar mi color siento la tibieza de su niñez oscura/ El tiempo del piano / La transparencia de su piel mora// Solo parte al Olimpo a reunirse con sus camaradas poetas/ Con quienes caminó muy junto y rumbeó largas noches/ Al final fue un gallo rojo.

Por eso se justifica la excelente presentación, hecha desde París, por el no menos relevante poeta Jorge Nájar, quien, entre otros aciertos, señalara: “La voz que habita en esta poesía no es una máscara. Hay detrás la historia que incluye el análisis de los distintos espacios que atraviesa –la familia, los amores, el mundo exterior, sus preocupaciones íntimas-, el testimonio, la expresión estética y sentimental de una generación, junto con la visión de una época. Pero ese habitante, ese yo lírico, no sólo es ella misma. Es también otras personas, otros individuos, otras mujeres…Nacida y crecida en el seno de un círculo militante del asalto al cielo, la autora sabía bien de lo que hablaba. A sus convicciones se sumaba un estilo de vida y una naturaleza que la llevaba a pisar las calles para charlas y escuchar, para gritar y cantar, para exhibirse y ocultarse…”

Qué atinada la caracterización que Jorge hace de Rosina, cuando la llama “cartógrafa de su tiempo, de sus seísmos, de sus catástrofes, de sus objetos, de sus sueños y de sus viajes reales e imaginarios, esta voz que obstinadamente recurre a la primera persona del singular, a un `yo´ que en algunos casos tiene sonoridades masculinas aunque sea la voz de una mujer, no es solo eso. Es eso, claro, más otras emparentadas con las estrategias psicoanalíticas…”
Por eso es tan válida su conclusión. “¿Poesía social? Ni hablar. ¿Poesía sentimental? Ni de vainas. Poesía de la existencia, de la supervivencia. Poesía de la épica cotidiana. Poesía testimonio. Poesía pesadilla. Poesía sueño. Autobiografía. Y la imperiosa presencia del espejo. No está el eco herido de César Vallejo, pero sí está el ángel de Arguedas, nuestro gran Arguedas, enraizado y profundo…Está claro que ese hablante, ese yo lírico, no solo es ella misma. Es también otras…” 

Es lo que él, más adelante, denomina un “  `yo´ mutante, como es el `yo´ de cualquier ser humano, según las circunstancias, según el tiempo. Un `yo´ literario, un `yo´ político, un `yo´ generacional…”

Hace tiempo que no leía una exégesis tan atinada de obra poética alguna como la que ha realizado Jorge Nájar, en su introducción al presente volumen, con el nombre de “La poesía como arma de combate”. Pero anotamos que su título puede parecer limitativo y se queda corto ante la dimensión de su propio estudio, en el que, verbi gratia, hay incursiones como las de señalar el “yo multiplicado” de Rosina, “un `yo´ que a lo largo de años consigue crear una sinfonía de nuestros tiempos, con entonaciones añejas y ultramodernas a la vez. Añádase que muchas veces estamos ante una escritura libre en sus formas y descodificada en sus contenidos…”

Y viene aquí una disquisición sobre la importancia de la música del yaraví  en la poética de la autora y cómo la poeta, “En el nombre de todos ellos, los vivos y los muertos”, levanta su voz y da testimonio de la lucha por la existencia.”

Grande poeta del amor, nuestra RV tiene varios textos de antología, por lo que resulta difícil escoger, mas nos quedamos con uno de los iniciales: “Mariguana amor”: Fue hermoso cómo hicimos el amor/ la última noche,/ parecíamos dos monos chillones/ en su luna de miel/ murmurando sonidos extraños en un vuelo inacabable.// Mis piernas se abrían/ como un valle quieto,/  caminaste en él/ lleno de furia/ y fuiste su mejor habitante”

Aquí, además, relevamos un elemento presente permanentemente en sus mejores textos: lo cotidiano y su componente, sápido y humorístico: “parecíamos dos monos chillones”. Y, apreciamos, en “Fuegos”, el mismo tono: Amor aun cuando no vinieras, / la vida continuaría/ bella y  maldita.

Y, para concluir este rosario de citas –son tantas las bellas tentaciones que debemos ponerles coto. Pero no podemos dejar de insertar sus alusiones a nuestra patria dilacerada, aquella que tanto nos duele, y que se encuentra inmejorablemente viva en el poema “¿Quién duerme ahora?”, dedicado precisamente a esa relevante poeta que es, igualmente, Gloria Mendoza Borda. Aquí leemos Qué sentido tiene dormir  Si al margen de la orilla el país es un pálido animal decapitado ¿Puedes dormir? No…Esa noche ya tiene siglos de haber principiado y nos punzan los ojos y perciben fatiga estos pálidos cuerpos. 

Sin embargo, ajados y enfermos aquí estamos Quién sueña hoy, quién podría dormir Las hierbas secas musitan ¿Los traidores? Si dormitan es pueril su sueño Nuestro insomnio es real, mas no vano Solo velamos la patria alegre que deseamos como herencia para los infantes anónimos de aldeas y pueblos remotos, para los niños que pasan y sonríen, para los que transitan y están mudos, para nuestros hijos y su prole. Nuestro insomnio, entonces, es utópico. La cámara no miente Nuestro desvelo infringe  Contra los que tienen visión perversa  Contra los que están cavando su propia tumba extendemos el eco de nuestra guitarra al hombro. Reparemos en ese final estético: todo lo hacemos pero con  “el eco de nuestra guitarra al hombro”.

Niñez, juventud, padre, madre, hermanos, compañeros, camaradas –preseas los textos dedicados a Fidel, a Juan Pablo Chang, a los dos Victors: Jara y al 6 de Abril, de VPC.; colegas de las generaciones literarias, culto a la amistad impertérrita, realismo y surrealismo, Rosina, en cerca de diez libros, se nos da entera: con la razón y la locura, con la paz y con la guerra, con el amor y el desamor, con la ironía y el desenfado, con la música –siempre la música- y el culto al silencio reverente y desasosegado y la defensa permanente de los que Dostoievski llamara los “humillados y ofendidos”; “los de abajo” de Mariano Azuela o los “pobres de la tierra” de Martí y Mariátegui. 

No hallo mejor forma de concluir esta reseña que con una cita de uno de sus más entrañables poemas de hace 47 años (de Sendas del bosque,. La Rama Florida, Lima, 1966), y que nos dice tanto como lo que hemos –inútilmente, por cierto- intentado resumir con nuestras bastas palabras: 

“La morada”: Ante el amor/ mi voluntad se inclina./ No hallo eternidad ni paz/ fuera de este camino.

Doctora en antropología por la Primera Universidad de América, San Marcos, donde fuera catedrática principal, periodista combativa y combatiente, con obra traducida y múltiplemente galardonada, ella es una de las voces insubstituibles de la poesía que se hace en el Perú de hogaño y per saecula saeculorum.