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martes, 3 de mayo de 2016
lunes, 25 de abril de 2016
Rosina cuelga poemas en la pared
Repárese en que solo he puesto Rosina en el título de esta reseña. La razón es una: ella es una de esas escritoras para las cuales basta y sobra el nombre, a fin de saber que nos referimos no solo a una combatiente de la palabra (poesía, prosa ensayística, artículos de opinión), sino a una decisiva defensora de los derechos humanos y a una sui generis intelectual, creadora, que es imposible de confundir, en medio de esta turbamulta pobladores del cotarro de la literatura y/o afines.
miércoles, 16 de diciembre de 2015
sábado, 8 de agosto de 2015
Winston Orrillo, 50 años de poesía
En 1965 ganó el II Concurso “El Poeta Joven del Perú”. Miles de versos después, nos recibe en su departamento en La Calera bien enchompado. Este invierno llegó tan tarde que ya nadie lo esperaba.“Este es un frío aprista, traicionero”, bromea. Acaba de publicar “Poemas desconcertados” y sabe que sus lectores no han nacido todavía.
miércoles, 19 de noviembre de 2014
Gladys Basagoitia Dazza: Un océano de poesía luminosa
Por Winston Orrillo
Poesía/ mi más auténtica/ vocación// letra más letra/
sílaba más sílaba/ gotas que se vuelven/ un río resplandeciente//
de la intuición a la perseverancia/ oir el reclamo la emoción/
las palabras que agujerean/ las duras paredes de la realidad
G.B.D.
El epígrafe que hemos usado para encabezar nuestro comentario a Océano de luz, reciente poemario –edición bilingüe italiano, español-- de Gladys Basagoitia Dazza nos conduce, precisamente, a uno de los ángulos en los que su libro es feraz: el de la búsqueda o prosecución apremiante de una poética, del camino que nos conduce hacia la esencia del poetizar.
Porque, en fin, de lo que se trata es que la poeta busca aprehender ese misterio –ciertamente insoluble- del origen, de la gestación de la palabra lírica.
Veamos cómo esto se repite, verbi gratia, en el siguiente texto: “Con tus ojos poesía”: con tus ojos lo invisible/ se vuelve indubitable/ un aliento/ de grandísima esperanza// ilimitadas extensiones interiores/ vencen/ al limitadísimo cotidiano/ y es urgente/ ineluctable/ iniciar el arriesgado viaje// humildemente/ me sumerjo en el misterio/ para tratar de captar/ los sutiles mensajes/ del grande juego de la vida.
Es ella, pues, la Poesía –e intencionalmente la ponemos con mayúscula- la que, como una Beatriz de Dante, la conduce –lo dice explícitamente- a través del “arriesgado viaje” que pretende llegar allende nuestras naturales limitaciones, a develar, en definitiva, “el misterio…del grande juego de la vida”.
Pero esto no es un mero decir, porque la autenticidad de esta poética la hallamos cuando la autora lo dice, explícitamente, en “Vivir el poema”: me pierdo en el dolor y/ no sé cómo me reencuentro/ consciente de mi atroz fragilidad// recorro el enigma sin descifrarlo/ vivo el poema antes de escribirlo// ciega/ me entrego a la luz/ subo/ pero no sé si llegaré a la cima.
Nos encontramos, pues, en lo que sería el non plus ultra de la autenticidad, cuando la autora sabe –y lo dice, lo escribe- que es la Poesía su precisa, perentoria guía, pero, a la vez, nos expresa sus dudas –existenciales- acerca que si ella será, en efecto, por su “atroz fragilidad” capaz de llegar “a la cima”. Pero, en el fondo, esto no importa: lo que sí valoramos, en demasía, es que la autora nos comunica, explícitamente, que vive “el poema antes de escribirlo”, lo que nos lleva, sin duda ninguna, a que, en este libro, la autora nos ha permitido –nos permite- aprehender la esencia de su trabajo creativo; de su persecución de la obra de arte de la palabra.
Otro elemento que no podemos preterir, es el que reconocemos en el primer verso de este poema, cuando la poeta escribe: “me pierdo en el dolor”, lo que nos conduce a las palabras prologales del gran crítico Antonio Melis quien subraya la presencia de la palabra “luz y de otros términos que pertenecen al mismo campo semántico (sol, reluce, aurora, auroral, radiosa, resplandeciente, luminoso, etc.)”
Sin embargo, y aquí está la clave: “Pero se trata de una luz que nace, paradójicamente, de la sombra., a través de una continua dialéctica de los opuestos.”
Pues “Solo la experiencia profunda del dolor, en efecto, permite gozar con plenitud la realidad recuperada después del eclipse. `Merecer la aurora´es el título significativo de un poema, que subraya el papel activo del sujeto y nos lleva a evocar también la presencia insistente del alba en la cultura peruana del siglo XX: desde el conocido ensayo sobre El alma matinal de José Carlos Mariátegui, hasta el libro `surrealista´ Descubrimiento del alba, de Xavier Abril.”
Lo enunciado por el gran ensayista Melis, nos lleva a transcribir, precisamente, “Merecer la aurora”, poema donde se halla un leitmotiv presente en muchos de los más relevantes textos de este libro singular, publicado por Fara Editore.
Dice aquél: obligada por mi cuerpo/ vivo al día/ sin añoranzas ni lamentos/ tratando que lo torcido/ se vuelva derecho/ espero la luz segura prosigo/ lo sé bien que debo resistir/ y entregarme al sueño/ para merecer la aurora.
El volumen, por momentos, deviene en una suerte de texto que, simple pero por eso mismo grandemente, nos ayuda a vivir. Y su autora “carpa dorada” y, por momentos, “loba desgarrada”, nos ha donado, en verdad, como su propio nombre lo indica, un Océano de luz que nos permite subsistir en medio de las vicisitudes de un mundo que no hemos escogido pero que tenemos que soportar, y trascender.
Lirida paradigmática, con versos como silente infinitesimal la voz del corazón o en lo profundo del océano te encuentro/ en el precioso índigo…Gladys Basagoitia Dazza ha logrado una madurez espléndida en este libro que, como otros de los suyos, se ha hecho acreedor a numerosos premios internacionales.
Ella es peruana, de profesión bióloga y reside en Perugia, Italia, desde hace varios años. Ha traducido poesía del italiano al español y viceversa. Y viene publicando poemarios desde 1969, así como también narrativa. En el 2005, en Perugia, editó y tradujo Carta de Música (Centro Documentazione “Donne del mondo”) con poemas de Rosina Valcárcel, Gloria Mendoza Borda y Ana Berta Vizcarra.
jueves, 16 de octubre de 2014
Celina Cámpora revelación de la poesía
Por Winston Orrillo
“Qué otra posible manera
de desnudez adopto
para repartir mis cruces
para revelar
la imagen inexplorada..”
C.C.
Celina Cámpora es una relevante poeta argentina que estuvo afincada entre nosotros y que, profesora de Castellano, Literatura y Latín, realizara estudios complementarios de su especialidad, en España, nada menos que con Carlos Bousoño, en su internacionalmente conocido curso de Teoría de la Expresión poética, lo que le sirvió, asimismo, para entregarnos verdaderas preseas literarias como “Revelación de la palabra –ediciones Arte/Reda- y, entre otros, “Presagios del Escampe”, prologados por dos voces emblemáticas de nuestra lírica: el primero, por Arturo Corcuera; y el segundo, por Antonio Cisneros.
En ambos volúmenes lo que se nota es, de entrada la lid de la autora por la expresión, el combate denodado de/en su obra por entregarnos, configurada en el poema, su raigal personalidad, su vera efigie integral, humanísima.
Así, en Revelación de la palabra, ella nos hace una verdadera autoscopia, al manifestarnos, en su texto “Cansada” “Cansada de ninguna respuesta/ aquí estoy/ acompañada de una sombra/ sin ver un manantial/ donde apaciguar la sed.// Qué otra posible manera/ de desnudez adopto/ para repartir mis cruces/ para revelar/ la imagen inexplorada // Cómo insertar la Soledad/ en la Gran Soledad/ y deshacerme/ de tanta Soledad inacabable”.
El dolor, la soledad existencial son tópicos que la autora exorciza mediante sus versos, mediante su palabra poética, que es utilizada como un ariete, como una adarga para continuar su marcha por la vida y sus vicisitudes: “Enséñame a tranquilizar/ a todas aquellas que fui / y a la que hoy/ las sobrevive…// Soy una vez más Ésa/ que noche tras noche/ dibuja madrugadas/ esperándolo // Y / Él/ Una vez Más/ no llega a tiempo”.
Si alguien quisiera tipificar a esta poética, le podría poner el rótulo de “existencialista”, por esa constante sensación de abandono, de “ser arrojado en el mundo” que vibra en sus versos tremantes:
“Nadie fuera de mí/ nadie adentro/ desde que salí/ del vientre de mi madre/ estoy a la intemperie”.
El gran poeta Arturo Corcuera dice en sus palabras prologales: “yo siento que en la poesía de Celina habita una gran soledad y al desamparo de esa soledad su voz cobra el estremecimiento de una auténtica poesía”.
Pero lo importante, la clave es que todas estas anfractuosidades existenciales de Celina, nos conducen a esa suerte de poesía suya que deviene en una revelación: así, vemos que
“se desborda la palabra/ y desemboca/ en mí como océanos// coro de incesantes sonidos/ donde las certezas se dilatan//. Y, por eso, con justicia, puede preguntarse: “¿quién me ausentó/ de mí/ por temor a hallarme transfigurada en el Verbo’// La palabra se desangra/ en deslumbrantes colores/ y estalla/ en síndromes/ de incandescencias extrañas”. Y concluye con una sibilina insinuación sobre el amor y la poesía: “¿quién enmudeció/ mis voces/ para hacer del amor/ esta ausencia de mí?”
Poesía de revelaciones continuas, sintomáticas, la de Celina Cámpora, madura en su juventud, es clarísima en su búsqueda del arte, que no es otro tema sino el único camino para la existencia de la poeta: “¿Dónde estás, vida/ para lanzarme a tus brazos?”
Poesía, que, como toda la gran creación araña la metafísica y, para su otro libro “Presagios del escampe”, le hace decir, en sus palabras prologales, al querido y grande Antonio Cisneros, que “su título es todo un símbolo que acompaña a la autora en buena parte de su jornada poética.” Porque “ El escampe es el fin de las lluvias, la noche y el dolor de la borrasca, y el despertar del sol”: de ese sol que alumbra, que ilumina una obra lírica que, obsesivamente, es un intento de presentarse como sujeto de un caos, que no es otro que la vida: “huelo a polvo/ a sudores/ a furia agazapada/ a tupidas garúas// a un invierno hambriento/ que gobierna los latidos// es inútil/ querer imponerle/ límites al deseo//nadie nace antes de tiempo”.
Poesía que es, asimismo, sabiduría, ingreso a aquello que el renombrado Heidegger decía que caracterizaba a la gran obra de arte de la palabra.
Celina muere reiteradamente entre sus versos dilacerados: “la que se cansó de ver lo que nunca debió ver y terminó intimidando y destruyendo los últimos nexos que la unían a la vida y paradójicamente la condujeron a la muerte: el pensamiento y el lenguaje”.
“ah irrespetuosa mujer/ el límite no es el cielo o la tierra/ tampoco el mar// demasiado tarde te diste cuenta/ de que// cruzaste las fronteras para nada..”
Como lo dice “Toño” Cisneros, “Celina Cámpora creadora y alarife, navega como pocos en esa intensidad que proviene de los ritos del verbo. No por gusto el poemario es presidido por una cita clave del maestro Roberto Juarroz”
Y en efecto, notamos un aura familiar con los versos de Juarroz, con su desparpajo existencial, con su profundidad a toda prueba, con su afán por la desmitificación cotidiana, siempre en busca de la nuez de la vida, que, no pocas veces, se halla en los linderos de la muerte, a la que la poesía conoce de memoria.
Celina figura en numerosas antologías de la poesía de Nuestra América y prosigue su incesante, incoercible, asedio a la vida, fuente y destino de toda creación que se respete a sí misma: “ese elíptico crujir/ de estrellas en el suelo// presagian el final del escampe/ la mujer reposa// en las llamas// y es solo mármol blanco estremeciendo el viento”.
jueves, 31 de julio de 2014
Alberto Benavides: Poesía, filosofía, arte de vivir
Winston Orrillo
“Sé que estas palmeras/ no morirán:/ entre las palmas muertas/ al medio
He visto/ el fogonazo verde de la vida”
A.B.
Con un título enigmático –Alto espionaje. Hatun Chapatiyay- aparece, en edición bilingüe, español quechua, en traducción de José Antonio Sulca Effio, un nuevo libro del poeta, filósofo, ensayista y casi anacoreta, Alberto Benavides Ganoza, en la ya reputada Biblioteca Abraham Valdelomar, que funciona en Huacachina.
El volumen tiene sesenta y tres poemas, con sus respectivas traducciones, y en él se transparenta la mirada de Benavides hacia lo trasvisible, su bella consubstanciación con lo trascendente y, sobre todo, su culto –ritual, diríamos- hacia el reino de la vida insobornable, diáfana, poliédrica.
Para ejemplificar lo anterior, leamos el poema XXXIII: “Arbolito te sembré/ te puse en tierra;/ tenías apenas 30 centímetros./ Han pasado unos 10 años./ Ahora estoy a tu sombra/ y te yergues/ como un sacerdote de mi religión/ celebrando la vida”
Puro panteísmo, entrañable hundirse en la urdimbre de lo auténtico: “Prueba de la existencia de Dios:/ todavía hay picaflores en Miraflores”.
Aquí, además, emerge otro elemento sui generis de su poetizar: el uso suave del humor, como elemento que nos convierte –es un peligro- en adictos a su estilo, perfectamente transparente en el siguiente texto (XXII) “Mi sombrero de paja toquilla/ de Celendín/ me parece una cosa tan perfecta/ que me pregunto: si lo siembro/ de repente nace/ un árbol de sombreros.
¿Verdad que es todo un hallazgo? Sigamos, pues: (XXXI) “De las ciudades/ muchas cosas aprecio/ pero solo una/ me colma de dicha/ como a un niño:/ el camino de salida”
Apreciamos, sin duda, la media sonrisa de J.J.Rousseau.
Lo más importante en la poética de Alberto Benavides Ganoza, es que ha hallado un lenguaje, un modo de expresarse, que podríamos, directamente, llamarlo suyo:
XXXI “Una sombra nueva, qué maravilla/ un árbol que florece en el planeta/ porque pusiste en tierra una semilla:/ mira bien que es simple la receta”.
La simpleza del pensamiento poético oriental, la buida forma de penetrar allende la urdimbre de lo cotidiano, distinguen a este bardo, cuya obra se halla no igualmente repartida entre el ensayo filosófico, el opúsculo medio todista y, en general, la obra intelectual integérrima y paradigmática.
Y volvemos a lo ya tratado sobre ese humor sui generis de nuestro autor, el mismo que impide que se le acuse de filosofarlo todo, de poetizar el universo: porque estos versos, sencillos, directos de un lenguaje que parece esa agua de manantial cada vez más escasa, merecen figurar en cualesquiera de las antologías de poesía que se hacen acá y acullá.
Pero él no anda en esto, en la inelegante búsqueda del elogio, de la figuración en eso que Vallejo llamaba la carrera de caballos de la fama: allí está la figura sencilla de Alberto Benavides Ganoza, y sus poemas que cantan y encantan.
Oración por la buena muerte (poema XVIX)”Como en la vida,/ he sido un poco tristón,/ te pido Señor/ morir con alegría”
Cantor y agricultor, nuestro lirida cultiva la tierra en una pequeña estancia, Samaca, desde donde proyecta, precisamente, la Biblioteca Abraham Valdelomar, (el más ilustre de los iqueños, el inolvidable Conde de Lemos) que publica un florilegio de obras que la literatura nacional –e internacional- nunca podrá alabar en demasía.
Pero veamos algo escrito por él sobre su nerudiana “residencia en la tierra”:
XXXIV “Y hasta el día en que se caiga el mundo/ será claro: vi esta agua nueva/ regando Samaca y la luz/ y la paz de este paisaje./ Lo únicoiotro que había, Camila,/ era recordarte”.
Y, por fin, llegamos a una de sus más personales poéticas (tiene varias): léanla y tocarán al hombre (Walt Whitman dixit): Poema XVIV: “Mucho/ más poético/ que un poema/ es plantar/ un ábol”
Nuestro bisabuelo William Shakespeare ya lo escribió: “The rest is silence”
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